
En Venezuela, cientos de mujeres viven suspendidas entre la espera y la lucha.
Son esposas, madres, hermanas e hijas de presos políticos. Hacen fila frente a los tribunales. Viajan horas para llevar comida y medicinas a las cárceles. Sostienen sus hogares en la ausencia forzada de quienes aman.
Y cuando la carga ya parecía suficiente, los terremotos les arrebataron aún más: su sustento, sus hogares, y en algunos casos, a otros familiares.
Ellas sostienen la esperanza. Sostienen a sus hijos, sus hogares, comunidades enteras.
Pero nadie les ha preguntado: ¿quién las sostiene a ellas?
Cada aporte de esta noche se convierte en apoyo directo para las organizaciones venezolanas que acompañan a estas mujeres día a día — las mismas que hoy enfrentan una emergencia aún mayor tras los terremotos del 24 de junio.
Más que una cena, es un gesto concreto de solidaridad con quienes, sin pedir nada a cambio, se han convertido en el pilar invisible de la resistencia venezolana.
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